Anecdotario de un ciudadano enamorado de su ciudad

Cuenta la leyenda que allá en el siglo IX, cuando Barcelona se encontraba bajo el dominio musulmán, la única misa cristiana que se permitía celebrar era en la iglesia del Pino antes del amanecer para que no coincidiera con las primeras liturgias en las mezquitas ya que de la otra forma se consideraría un hecho ofensivo.
Los cristianos vivían en el Raval y para llegar a su única parroquia habían de dar un largo rodeo ya que las calles que llevaban directamente a la iglesia estaban reservadas a los musulmanes. Una misa a esas intempestivas horas sumado a la gran vuelta que tenían que dar hacía que la parroquia estuviera casi siempre vacía.
Un día el viejo sacerote fue a sacar agua de su poco para lavar el cáliz antes de misa con la mala fortuna de rompérsele la cuerda del cubo. Intentando recuperarlo utilizando garfios y todo lo que tenía a mano extrajo ante su sorpresa un cofre repleto de oro. Volvió a hacer la misma operación obteniendo otro cofre lleno con más monedas y así varias veces. Comprendió entonces que todo ese oro lo debieron guardar en un lugar seguro los cristianos antes de la invasión sarracena por lo que su inversión tenía que ser en beneficio de ellos.
Como su prioridad era llenar de nuevo su parroquia con feligreses, ni corto ni perezoso se dirigió al emir para buscar una solución le preguntó cuánto costaría comprar la calle que va desde la muralla hasta la iglesia, es decir, el camino más corto. El emir quiso poner un precio inalcanzable y le ofreció cubrir esa calle con monedas de oro. Sólo así podría comprarla.
Días más tarde, el anciano sacerdote ayudado por unos cuantos feligreses sacaron de la iglesia del Pino cofres y más cofres repletos de monedas de oro y empezaron a cubrir el suelo de la calle. Quedaban pocos metros para alcanzar la muralla cuando las monedas se terminaron. Al ver tantísimo dinero junto, el emir no podía perder la ocasión de llenar sus maltrechas arcas, así que regaló el terreno que les faltaba hasta la muralla y allí abrieron una nueva puerta que sólo la podían cruzar los cristianos para no cruzarse con los musulmanes. Más que una puerta era una portichuela, o portitxol… o petritxol, dando nombre a la calle.
Se cree que los templarios se establecieron en Barcelona hacia el año 1140 cuando el Papa Inocencio II crea la prelatura de la Orden del Temple y la declara independiente de las autoridades. Éstos estarían dispuestos a defender la ciudad si fuera necesario, según un acuerdo con el Conde de Barcelona.
Construyen una casa-fortaleza arrimada a la muralla y justo al lado de una de las entradas de acceso a la ciudad. La situaríamos donde actualmente se encuentra la Casa de l’Ardiaca (casa del Arcediano) (número 1). Demasiado cerca del palacio del obispo de Barcelona que veía mermar su autoridad frente a los templarios que no estaban obligados a obedecerle. Esto debió provocar algunas fricciones entre ellos que, junto con la paz que se vivián esos años al no existir amenazas de los musulmanes, decidieron trasladarse y construir una nueva residenciaen el solar comprendido entre las calles Avinyó, Cervantes y Templers (número 2) que posiblemente llegaba hasta la calle Regomir.
En abril de 1311 el Papa Clemente V disolvió la Orden del Temple. En lugar de ser perseguidos y expropiados sus bienes como ocurrió en Francia, en el reino de Cataluña y Aragón los templarios se incorporaron a otras Órdenes, como la de Montesa o la de Calatrava.
El gran edificio fortaleza-convento-iglesia de los templarios en Barcelona fue derribado y reconstruido como Palacio menor de los reyes de Cataluña y Aragón, hoy también desaparecido.
Al derribar una casa de la calle Llibreteria en 1840 aparecieron dos columnas romanas de entre sus paredes. Se encontraban en un estado deplorable, rotas, con cemento y cal pegados a la piedra. Se seleccionaron las mejores piezas y con ellas se hizo una sola columna. Ésta tenía como destino el Museo de Historia situado en la capilla de Santa Ágata, en la plaza del Rey. Demasiada altura para ese techo, así que se vieron obligados a emplazarla en el exterior. Allí pasó, bajo las inclemencias del tiempo, más de cien años hasta que, en 1956, se trasladó junto a sus tres hermanas en las ruinas del templo de la calle Paradís.

El edificio de viviendas que aparece al fondo en la fotografía antigua fue derribado y en su lugar se trasladó piedra a piedra en 1931 la casa Clariana Padellàs, un antiguo palacio del siglo XV que años antes estuvo afectado por la apertura de la Vía Layetana. Fue entonces y durante las obras de traslado y cimentación cuando se descubrieron parte de la antigua ciudad romana.