Publicado en : Leyendas

  • Abr
    24

    Plano de Barcelona. Gentileza de Almacenes El Siglo


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    Los Almacenes El Siglo fueron muy importantes en la Barcelona de finales del siglo XIX hasta bien entrado el XX (recordemos que fue el primer centro comercial de toda España en el que se instalaron una escaleras mecánicas). Prueba de ello fue la edición de varias versiones de planos de la ciudad muy apreciados por los ciudadanos y turistas. Este en concreto data de los primeros años de 1900.

    Plano de Barcelona. Gentileza de Almacenes el Siglo

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  • Ene
    11

    El trágico final del coronel Blas de Durana


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    En 1855 varios ciudadanos fueron testigos de un brutal asesinato pasional frente al número veintiuno de la calle Unión de Barcelona.

    El coronel de infanterí­a del 5º Batallón de Cazadores de Tarifa, Blas de Durana y natural de Vitoria se enamoró locamente de la baronesa de Senaller, Dolors Parrella de Plandolit que a pesar de residir en la Seu d’Urgell, vení­a a menudo a Barcelona para asistir a actos sociales y visitar a su familia. Tal era la insistencia del militar que el marido de la baronesa solicitó al capitán general Zapatero que interviniera, desterrándolo a Lugo. Aún así­, Durana, obsesionado con la baronesa, visitaba frecuentemente Barcelona con el fin de conseguir su amor que nunca fue correspondido.

    El fatí­dico dí­a del 19 de junio a las ocho de la tarde se disponí­a la baronesa a acudir al Liceo con su familia cuando, saliendo del palacete de su hermano, un joven de unos treinta años se le abalanzó asestándole una puñalada mortal en el pecho y encarnizándose con doce más por todo el cuerpo. Los gritos desesperados de la cuñada alertó al resto de familiares y vecinos que acudieron en el acto encontrándose al asesino, Blas de Durana, inmóvil, fuera de sí­, con el arma en la mano, la ropa y la cara ensangrentada y mirando a la moribunda señora. No se inmutó cuando le detuvieron. Levantó los brazos, dijo su nombre y rango y pidió que no le maniataran por ser jefe militar.

    El abogado más brillante de la ciudad, D. Paciano Massadas, aceptó llevar el caso ante la súplica de la madre ya que era amigo de la familia y compañero del colegio aunque nunca se llevó bien del todo con el detenido. Tení­a sólo veinticuatro horas, tiempo excepcionalmente corto en estos casos, para preparar su defensa e intentó convencer al jurado de que su cliente sufrí­a demencia mental transitoria excusando así­ su comportamiento de cuando intentó entrar en el Liceo a caballo además de otros altercados. De nada sirvió la petición de gracia de la madre y las hermanas del coronel a Isabel II ya que el tribunal militar lo condenó a garrote vil y al pago de seis mil reales a los hijos de la ví­ctima.

    Blas de Durana, hijo y hermano de militares, fue encarcelado en el castillo de Montjuïc donde su abogado le notificó la sentencia y escuchó con admirable serenidad. Aceptó la condena y nunca pensó en huir pero le atormentaba la idea de terminar sus dí­as como un vulgar asesino en el garrote vil y no morir fusilado como corresponde al honor de ser militar. Su última noche cenó en su celda acompañado de dos sacerdotes, un Oficial y un Capitán amigo suyo del cual se despidió con un efusivo abrazo antes de retirarse a dormir.

    El trágico final del coronel Blas de Durana

    Cuando a las cuatro de la madrugada fueron a despertarle para empezar con los preparativos de la ejecución, uno de los sacerdotes vio como Durana estaba preso de terribles convulsiones y ya nada se pudo hacer por su vida a pesar de los intentos de reanimación del médico. En una de las dos cartas encontradas a su lado explicaba que preferí­a morir envenenado con cianuro mercúrico que sufrir la deshonra del patí­bulo.

    A las ocho de la mañana la Esplanada de la Ciudadela, lugar habitual para ejecutar las sentencias a muerte, estaba abarrotada de ciudadanos que no querí­an perderse tal macabro acontecimiento y ya corrí­a el rumor de que realmente no se habí­a suicidado sino de que era una excusa para librarse del garrote. Cuatro reos llevaron al coronel en litera hasta el escenario y lo colocaron en el garrote tapándole los ojos y dando así­ muerte a un muerto.

    Como indica Manuel Bofarull en su libro “Crims i misteris de la Barcelona del segle XIX”, Blas de Durana fue enterrado en el nicho 3083 del cementerio Vell, justo al lado de su amada ya que el coronel lo tení­a todo previsto.

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  • Jun
    23

    El caracol de la Catedral


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    El caracol de la Catedral

    No son pocos los caracoles que encontramos en la Catedral si nos fijamos muy muy bien tanto en el interior como en el exterior. Los encontramos pintados, tallados en piedra, en madera o incluso bordados.

    Los más grandes los encontramos en el exterior. Son de piedra y están en lo alto de dos torres. Varias son las leyendas que explican su existencia. Una de las más populares dice que es debido a que el escultor descubrió las infidelidades de su mujer y la mejor forma de avergonzarla (o quizás como terapia psicológica) fue esculpir animales con cuernos. En este caso fueron caracoles como bien pudiera haber sido toros o ciervos. La otra leyenda dice que es en conmemoración de una gran plaga de caracoles que vivió la ciudad en la Edad Media.

    La auténtica razón de esas dos grandes representaciones del caracol en la Catedral es que, según el canónigo Martí­ i Bonet, justo debajo se encuentra una escalera de caracol y es una forma de orientar a los que transitan por sus terrados.

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  • May
    07

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    Barcelona a través del tiempo. Ugo Manzoni

    Una vez superados los problemas de logí­stica, ya se puede encontrar en las librerí­as el libro “Barcelona a través del tiempo“. De todas formas y para facilitar la compra, también se podrán adquirir en la web de fotosdebarcelona.com a través de este ENLACE. Las ventajas de comprarlo en la web son la siguientes:
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    3.- cada libro irá acompañado de un obsequio realizado expresamente para la ocasión
    4.- dedicación personalizada si se desea

    Desventajas de comprarlo en la web:
    1.- Ninguna 🙂

    Barcelona a través del tiempo. Ugo Manzoni

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  • Mar
    29

    La leyenda de la calle Petritxol


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    La leyenda de la calle Petritxol

    Cuenta la leyenda que allá en el siglo IX, cuando Barcelona se encontraba bajo el dominio musulmán, la única misa cristiana que se permití­a celebrar era en la iglesia del Pino antes del amanecer para que no coincidiera con las primeras liturgias en las mezquitas ya que de la otra forma se considerarí­a un hecho ofensivo.
    Los cristianos viví­an en el Raval y para llegar a su única parroquia habí­an de dar un largo rodeo ya que las calles que llevaban directamente a la iglesia estaban reservadas a los musulmanes. Una misa a esas intempestivas horas sumado a la gran vuelta que tení­an que dar hací­a que la parroquia estuviera casi siempre vací­a.
    Un dí­a el viejo sacerote fue a sacar agua de su poco para lavar el cáliz antes de misa con la mala fortuna de rompérsele la cuerda del cubo. Intentando recuperarlo utilizando garfios y todo lo que tení­a a mano extrajo ante su sorpresa un cofre repleto de oro. Volvió a hacer la misma operación obteniendo otro cofre lleno con más monedas y así­ varias veces. Comprendió entonces que todo ese oro lo debieron guardar en un lugar seguro los cristianos antes de la invasión sarracena por lo que su inversión tení­a que ser en beneficio de ellos.
    Como su prioridad era llenar de nuevo su parroquia con feligreses, ni corto ni perezoso se dirigió al emir para buscar una solución le preguntó cuánto costarí­a comprar la calle que va desde la muralla hasta la iglesia, es decir, el camino más corto. El emir quiso poner un precio inalcanzable y le ofreció cubrir esa calle con monedas de oro. Sólo así­ podrí­a comprarla.
    Dí­as más tarde, el anciano sacerdote ayudado por unos cuantos feligreses sacaron de la iglesia del Pino cofres y más cofres repletos de monedas de oro y empezaron a cubrir el suelo de la calle. Quedaban pocos metros para alcanzar la muralla cuando las monedas se terminaron. Al ver tantí­simo dinero junto, el emir no podí­a perder la ocasión de llenar sus maltrechas arcas, así­ que regaló el terreno que les faltaba hasta la muralla y allí­ abrieron una nueva puerta que sólo la podí­an cruzar los cristianos para no cruzarse con los musulmanes. Más que una puerta era una portichuela, o portitxol o petritxol, dando nombre a la calle.

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